Por: Gearóid Ó Loingsig

En las comunidades donde se pretenden realizar explotaciones petroleras, mineras, o algún proyecto de monocultivos a gran escala, se suelen invocar dos palabras mágicas para intentar convencer y apaciguar a las comunidades: Desarrollo Sostenible. Esa frase es esgrimida tanto por las empresas, como por ONG y académicos que supuestamente son de izquierdas.  Se enuncia, pero no se explica y es presentada como una verdad divina, es decir, es revelada pero no cuestionada ni discutida.

Aquí pretendemos cuestionarla, pues el futuro y bienestar de muchas regiones de Colombia está en juego.  Primero, la frase Desarrollo Sostenible se contrapone al simple desarrollo, sus proponentes quieren enfatizar que hay una diferencia entre el mero desarrollo y el que es sostenible.  Al respecto, debe indicarse que el desarrollo siempre se ha considerado en términos exclusivamente económicos, sin darle importancia a los obvios resultados de destrucción del ambiente, desplazamiento, desempleo, empobrecimiento de la población; ello, bajo la égida del crecimiento del PIB.  Sin embargo, hasta los economistas de los regímenes veían que medir el desarrollo en términos sólo del PIB era un error. El PIB mide el valor de lo producido, no los costos externos del proceso de producción, como la contaminación, tampoco mide los ingresos de trabajadores, el reparto de ese ingreso, ni la utilidad o bondad de lo producido.

En los años ochentas ya se comenzaban a escuchar las voces de los movimientos ambientalistas, de organizaciones de izquierda y algunos, aunque no tantos, académicos cuestionando el concepto de desarrollo manejado en el mundo capitalista (y de paso también en los países del Este). Surge entonces el concepto Desarrollo Sostenible, pero no como  una propuesta desde abajo, aunque recoge las preocupaciones de diversos sectores, sino como un sofisma que responde a las necesidades, de siempre, de las empresas y los gobiernos.  Así las cosas, este concepto no es una propuesta socialista, ni siquiera una propuesta alternativa en un sentido más amplio.

Una de las primeras veces que se visibilizó ampliamente este concepto en la prensa y la sociedad fue en la Declaración de Río de 1992.  Aunque el documento publicado luego de dicha conferencia es conocido como Agenda 21 y aborda varios problemas ambientales, no es un documento ambientalista, sino un documento que pretende sentar nuevas reglas para la explotación capitalista del planeta. El documento contiene varias recomendaciones vagas sobre qué hacer y la importancia de salvar nuestros ecosistemas, pero las hace siempre dentro de un marco de referencia de cómo proteger al medioambiente sin afectar a las ganancias de las empresas, o cómo hacer rentable el ambientalismo. Además, el documento en sí no era vinculante, sino era una guía para el futuro. Esta Declaración aboga por una liberalización del comercio internacional y promueve economías basadas en la ventaja comparativa de cada país.

La liberalización del comercio ya es un hecho, luego de años de negociaciones, países como Colombia han firmado tratados de libre comercio con los EE.UU., Europa y otros países.  Dichos tratados aceleraron procesos económicos e hicieron que las reglas económicas de la ventaja comparativa se hicieron sentir. Pero ¿qué es la ventaja comparativa? es básicamente una idea que plantea que algunos países tienen ventajas en ciertos sectores de la economía mundial debido a su ya existente poderío económico, o por ventajas naturales geológicos, de clima o de una especialización ya establecida por los procesos de colonización y de dominio imperialista.

Resulta paradójico que la ventaja comparativa de un país como Colombia es precisamente su idoneidad para actividades económicas altamente contaminantes y destructivas.  Un claro ejemplo de eso son los hidrocarburos, carbón, gas, y petróleo. Colombia tiene depósitos grandes de carbón cerca a la superficie, lo cual los hace más fáciles para explotar, y vetas largas y continuas que se extienden por kilómetros.  Su carbón contiene bajos niveles de azufre y otras impurezas, que lo hace muy atractivo en el mercado internacional, pues contamina menos y rinde más comparado con el carbón de la India o China, dos de los grandes consumidores mundiales del mineral. También era muy atractivo para Europa, y hasta la fecha la Unión Europea sigue siendo el más grande importador de carbón de Colombia.  La única referencia que hace el documento a carbón es en el párrafo 6.4.1 donde pide campañas educativas para reducir el impacto en la salud del uso domestico de carbón, como si eso fuera el principal problema o siquiera el principal uso de carbón, dejando por fuera cualquier consideración sobre los usos industriales. Claro, con el paso del tiempo habrán otras iniciativas respecto al consumo global de carbón, pero hoy casi 30 años después de la Cumbre de Río, el carbón como fuente de energía es tan vigente como antes.  Según la Asociación Mundial de Carbón, está proyectado que para 2040 22% de la electricidad del mundo será producida por carbón, en comparación con el 37% actual, aunque en algunas regiones como el Sudeste de Asia el carbón contribuirá 39%.  Pero desde la declaración de Río, el consumo mundial de carbón aumentó.  El uso domestico cayó de 131.258 Ktoe[1] en 1992 a 74.877 en 2018 y el uso industrial aumentó de 456.562 Ktoe a 796,792 Ktoe en 2018, llegando a su cenit en 2011 con 919.808 Ktoe.[2]

Así, en el marco del desarrollo sostenible y la ventaja comparativa del país no existe una contradicción inmediata con la explotación y consumo de carbón a corto o mediano plazo. Por otra parte, Colombia también tiene una ventaja comparativa con la producción de ciertos cultivos tropicales como la palma africana, entre otros. Cualquier monocultivo es de por sí problemático. Lo anterior, en atención a que las grandes extensiones de cultivos provocan una pérdida de biodiversidad por un lado y, por el otro, un aumento y uso intensivo de químicos con todo lo que ello implica para la contaminación del agua y los suelos. En el campo, el Estado colombiano no necesita mayor empuje para poner en práctica el concepto de ventaja comparativa de la ONU. Históricamente la economía del país dependía en parte de las exportaciones de materias primas y agrícolas como el café.  Nada ha cambiado.  En 2016, había 5.458.762 hectáreas sembradas, pero 66% del terreno lo ocupaban apenas seis cultivos, con el café representando 17% del total y la palma africana 12%[3] en ese entonces, aunque ya se sabe que este último monocultivo sigue expandiéndose por el país. Los departamentos de Santander y Norte de Santander, donde nacen la industria petrolera con la  Concesión Mares y Concesión Barco respectivamente y hoy están en la mira para el fracking, también están dominados por un puñado de cultivos.  Apenas cuatro cultivos ocupan 60% de la tierra sembrada en Santander (palma, cacao, café y caña panelera) [4]  y 55% de la tierra sembrada del Norte de Santander está bajo apenas tres cultivos (arroz mecanizado, palma y café)[5] La idea del Desarrollo Sostenible predicado por la ONU y las ONG no es real, en ningún momento rompe con el problema principal: el medioambiente y la vida humana tienen precio, salvar el planeta sólo se hace si es rentable y las medidas tomadas no pueden afectar las ganancias de las grandes empresas. El fin principal del capitalismo es la acumulación de capital, todo lo demás es secundario.

Sin embargo, la frase Desarrollo Sostenible se escucha en todos lados, de las bocas de voceros de empresas, gobiernos y también en el mundo académico.  Lastimosamente, ha penetrado el pensamiento de movimientos sociales, incluyendo a organizaciones campesinas y ambientalistas.  Existe lo que denominan eufemísticamente economía verde.  Pero una economía capitalista no puede ser verde de verdad, sólo menos destructiva, y todos sin excepciones funcionamos dentro de una economía capitalista, hasta las cooperativas funcionan dentro de una economía capitalista con el mercado como determinador de sus actividades, independiente de si merman los peores excesos de una empresa capitalista al interior de la cooperativa.

La economía verde, o mejor dicho el capitalismo verde es el enemigo del campesinado.  En nombre de proteger a la naturaleza se manda expulsar a campesinos de parque naturales, ignorando que muchos de ellos ya vivían en esas zonas antes de ser declarados parques.  Se prohíbe al campesino tumbar un palo para usar la madera en la construcción de una casa, pero se otorga licencias para una explotación de maderas por parte de empresas grandes, aunque agregan palabras como explotación sostenible, necesaria, renovable etc., a la descripción de la actividad para justificarla, mas no cambiarla. También obligan al campesino a sembrar los cultivos que ellos quieren y muchas veces como monocultivos.  Eso se ve en las cifras de producción del país. La palma africana es loada como uno los cultivos de economía verde, pues su aceite su usa en los mal llamados biocombustibles, que poco o nada tienen de agroecología, pues el monocultivo en sí es contaminante, y el producto final a pesar de la propaganda no es nada sostenible en términos ambientales y sus otros usos incluyen, químicos, plásticos etc.

A la hora de abordar temas ambientales, los ambientalistas y defensores del Desarrollo Sostenible, suelen ignorar o descartar de plano el marxismo, en parte porque los países de Europa del Este eran tan contaminantes y destructivos del medio ambiente por un lado y por otro, los mitos sobre el marxismo abundan y ya son artículos de fe para muchos, que sólo importa la economía, que hay que expandir las fuerzas productiva como sea, entre otras ideas burdas.  El analista John Bellamy Foster ha dedicado muchos años rescatando la contribución de Marx y Engels al entendimiento de cuestiones ecológicas, muchas veces en contracorriente de la propia izquierda, sectores de la cual buscan soluciones o explicaciones por fuera del marxismo en movimientos pre-capitalistas, o movimientos que no cuestionan para nada la economía del mercado, ni entienden como poner un valor a la naturaleza y la producción sólo puede conllevar a su destrucción.

Al respecto, Bellamy Foster explica que:

Vincular marxismo y transición ecológica puede parecer a simple vista pretender crear un puente entre dos movimientos y discursos completamente ajenos, cada uno con su propia historia y lógica: el primero asociado a las relaciones de clase; la segunda, a la relación de los seres humanos con la naturaleza. Sin embargo, históricamente, el socialismo ha influido en el desarrollo del pensamiento y las prácticas ecologistas y, a su vez, la ecología ha influido en el pensamiento y la práctica socialistas.  Desde el siglo XIX, la relación entre estas dos categorías ha sido compleja, interdependiente y dialéctica.[6]

Hay quienes quieren ignorar el aporte y el análisis, desconociendo su propia historia como si todo se inventara en el siglo XXI, ignorando escritos clásicos como La Dialéctica de la Naturaleza. Los marxistas no eran los únicos, Bellamy da el ejemplo del químico alemán Justus von Liebig y sus comentarios sobre la naciente agroindustria británica en el siglo XIX.  “Liebig acusó a los británicos de haber desarrollado una cultura de robo, que drenaba sistemáticamente los nutrientes de la tierra y, por eso, requería de la importación de huesos de los campos de batalla napoleónicos y las catacumbas europeas, y de guano del Perú, para recomponer los campos ingleses.”[7] Nuestra preocupación no es nada nueva, y mientras los economistas modernos y los ambientalistas creen que descubrieron algo  con el concepto de externalidades de la producción debe indicarse que este tampoco es nuevo.  Según Bellamy, Marx:

Insistía en que la naturaleza y el trabajo constituían conjuntamente las fuentes duales de toda riqueza. Al incorporar tan solo el trabajo (o los servicios humanos) a los cálculos del valor económico, el capitalismo se aseguraba de que los costes ecológicos y sociales de la producción quedaran excluidos del balance final. En realidad, la economía política liberal clásica —argumentaba Marx— trataba las condiciones naturales de producción (materias primas, energía, la fertilidad del suelo, etc.) como «obsequios gratuitos de la naturaleza» al capital.[8]

Las empresas petroleras siguen viendo al petróleo y gas como regalos de la naturaleza y quienes argumentan de un desarrollo sostenible de la industria petrolera, excluyen de sus cálculos, los costos sociales como el desplazamiento, flujos migratorios masivos, cambios en los modos de producción y cambios en las comunidades en términos de las relaciones sociales entre las personas a raíz de la llegada de las petroleras. También excluyen los impactos ambientales, pues tanto ellos como las empresas prometen intentar evitar, reducir riesgos o mitigarlos, como es imposible evitarlos, pues forma parte de la esencia de la misma industria.  Cuando se habla de Desarrollo Sostenible para que tengamos petróleo o carbón quienes realmente terminan usando ese petróleo o carbón no pagan los costos, nunca.  Si los pagaran, el costo del sería tan alto, que nadie usaría un carro particular y una bolsa de plástico costaría más que una hecha de tela y el carbón no sería rentable tampoco.

Por ejemplo según un estudio de Harvard, en 2005 50% de la electricidad de los EE.UU. provenía de carbón, pero 81% de las emisiones de carbono dióxido (CO2) y para 2030 calcularon que será 53% y 85% respectivamente, sin incluir las emisiones de metano y otros gases invernaderos de las minas o del transporte entre otras cosas.[9]  A nivel global para ese año el carbón representaba 25% de la energía global y 41% de las emisiones de CO2.[10]  Esas emisiones y demás emisiones de sustancias como metales pesados y otros impactos tienen costos en la salud de las personas que viven cerca de las minas, los ferrocarriles por donde se transporta o las plantas de energía.  El estudio de Harvard miró varios impactos y calcularon costos de $345.300 millones de dólares por año, con un rango de $175.000 millones a $523.300 millones de dólares por año.[11]  Estos costos triplicaban el precio de venta de energía generada por el carbón, es decir que realmente el sistema de salud, los mismos enfermeros y comunidades subvencionan el costo real del carbón. Sus cálculos excluyen varios impactos como el impacto de químicos tóxicos y metales pesados en ecosistemas. 

De ningún modo se puede considerar la explotación de hidrocarburos como sostenible.  El proceso, los patrones de consumo, la contaminación, como deja tierras poco aptas para otros usos, y si así con los pozos convencionales, con el fracking es peor.

El capitalismo es incapaz de controlar siquiera sus propios circuitos y ciclos económicos, y los defensores del sistema suelen rechazar cualquier intento de ponerle limites.  Así el desarrollo capitalista sostenible, no podrá controlar los ciclos económicos “verdes” y menos los ciclos de un ecosistema.

Por supuesto, hay prácticas agroecológicas que los campesinos pueden adoptar en sus cultivos para hacer menos daño, también para sentar las bases de prácticas distintas al agro negocio, pero ningún campesino por verde que sea puede derrotar ese sistema.  Es un sistema, con base económica y eso es lo que hay que cambiar.  Mientras tanto hay cosas que se pueden hacer, pero eso no representa un desarrollo sostenible.  También en las industrias extractivistas hay una serie de medidas que se pueden tomar para mitigar daños, reducir los impactos sobre la salud etc.  Pero nada de eso es desarrollo sostenible, es un mero mientras tanto.  La explotación petrolera no es un desarrollo sostenible, ni siquiera es un desarrollo, pues deja poco o nada atrás para las comunidades.

 

[1] Ktoe, es un kilotonelada equivalente de petróleo.

[2] Véase https://www.iea.org/data-and-statistics?country=WORLD&fuel=Coal&indicator=CoalConsBySector

[3] MADR (2016) Encuesta Estadística del Sector Agropecuario 2016, Bogotá: MADR. p.10

[4] Ibíd., p.261

[5] Ibíd., 247

[6] Bellamy Foster, J. (2018) Marxismo y ecología: fuentes comunes de una gran transición.  Monthly Review. Selecciones en castellano.  Edición online. Agosto de 2018. p.1 https://1382bf30-bf93-4701-ad25-3c260b158ed7.filesusr.com/ugd/58e728_037a2fae46044bcdbc1ecd8f7b964801.pdf

[7] Ibíd. p.3

[8] Ibíd. p.11

[9] Epstein, P.R et al. (2011)  Full cost accounting for the life cycle of coal  en Ecological Economics Reviews.  Robert Costanza, Karin Limburg & Ida Kubiszewski, Eds. Ann. N.Y. Acad. Sci. 1219: 73–98. p. 74 http://www.coaltrainfacts.org/docs/epstein_full-cost-of-coal.pdf

[10] Ibíd., p. 76

[11] Ibíd., p. 93