Por:Jaher Torrado

Camina la palabra más allá del apocalipsis: Notas para el III Encuentro de Pensamiento Crítico y Libertad de Cátedra.

I. Pensamiento crítico y saber popular: reflexiones en el marco de la educación pública en tiempos del COVID-19.

La importancia de un escenario de reflexión sobre el pensamiento crítico, los saberes ancestrales, campesinos, del movimiento de víctimas y la educación pública, radica en que todas estas formas del saber tienen como punto de encuentro la relación del conocimiento con el quehacer en el entorno, con nuestras comunidades y con nosotros mismos, es decir con la praxis.

Desde esta perspectiva “sabemos” o “creemos que sabemos” y ese conocimiento o ignorancia tiene implicaciones concretas en la vida cotidiana de nuestros territorios (ecosistemas, sociedades y cuerpos). Ese elemento de vinculación con el entorno es sustancial en el pensamiento crítico y sobre todo en el pensamiento ancestral. De esta manera, es apenas evidente que el saber juega un papel esencial en la toma de decisiones que conectan y dinamizan a las personas con la sociedad y el ecosistema, más aún en situaciones inesperadas o críticas como las derivadas de la pandemia Covid 19.

Este escenario de reflexión-acción busca aproximarnos a la compresión de las dinámicas de persecución y los obstáculos que enfrenta el pensamiento crítico en la actualidad de nuestro entorno. Discusión amplísima sobre la que se expondrán apenas algunas ideas fuerza para promover la construcción participativa de alternativas en la universidad pública para tiempos de pandemia y virtualidad.

Dicho esto, es necesario determinar si dado el contexto actual de la educación pública en nuestros territorios es posible acercarnos a escenarios de construcción pensamiento crítico o a ejercicios de pedagogía liberadora y posteriormente dilucidar algunas alternativas y reflexiones sobre la educación pública que vienen emergiendo desde el buen vivir en estos momentos de crisis.

Resulta oportuno precisar que la crisis que referimos y se manifiesta con el COVID-19, no es una crisis meramente biológica, ni una crisis económica en términos de la producción o del sistema capitalista como la del 2008 o de 1929[1].  Estamos frente a una crisis civilizatoria y este saber lo vienen tejiendo los pueblos originarios, raizales y campesinos hace mucho tiempo, y algunos teóricos o académicos más recientemente.

ii. Crisis civilizatoria, psicosis wétiko, y economías del desahucio.

Se le llama crisis civilizatoria en tanto encuentra sustento en la relación que establece nuestra civilización (basada en un sistema de racionalidad instrumental capitalista) con los territorios (cuerpos y ecosistemas) una relación de explotación antropocéntrica sujeto-objeto que nos tiene al borde del colapso, pero que no es nueva. Resulta ilustrativo de lo anterior señalar cómo los nativoamericanos incorporaron a su saber ancestral la enfermedad del wétiko. Se trata de la enfermedad del alma y el espíritu del hombre blanco europeo, tal como lo describió en 1978 Jack Forbes, pensador nativoamericano, en su libro Columbus and Other Cannibals. Para Forbes “Esta afección, esta psicosis wétiko (caníbal), es la mayor enfermedad epidémica conocida por el hombre (blanco)” y se caracteriza por el consumo de otros seres humanos, por ello el wétiko es un caníbal, un depredador, “es el consumo de la vida de otro para su propio propósito o beneficio privado.”[2]  Así pues se observa cómo el pensamiento ancestral incorpora una crítica al fundamento antropocéntrico e instrumental del sistema capitalista, urgente en tiempos de pandemia y explotación neoliberal.

El virus nos muestra la fragilidad de nuestros cuerpos, ecosistemas y regímenes de protección de derechos, en las relaciones sociales de producción actuales. Mientras unos se exponen al servicio del mercado y la economía, otros perviven aislados asépticamente entre sus privilegios, disponiendo de cuerpos y ecosistemas en sofisticadas redes de saber y acción para la especulación financiera. Estas relaciones de expoliación de nuestros territorios y cuerpos no son nuevas pero resultaron más autoritarias en medio de la pandemia.

La vulnerabilidad, que señalamos anteriormente, es aprovechada por un tipo de excepcionalidad sanitaria de corte militarista, que diluye la división de poderes y el sistema de controles, pesos y contrapesos propios del Estado de derecho. Retóricamente dice enfrentarse a un enemigo con medidas de excepción propias de la guerra, mientras desconoce derechos constitucionales de las poblaciones vulnerables, históricamente excluidas e invisibilizadas: indígenas, negros, campesinos, obreros, artistas populares y trabajadores informales que sufren hoy el confinamiento y la ausencia de políticas públicas reales para enfrentar la pandemia, entre otras.

Así, el Estado colombiano viene imponiendo lógicas económicas para el desahucio de nuestros ecosistemas y cuerpos, pasando por las universidades como territorios para la construcción del conocimiento. Las economías del desahucio se imponen bajo el postulado de que la crisis económica, ambiental y sanitaria es inevitable, un verdadero apocalipsis en el que todos debemos hacer sacrificios para salir a flote como sociedad. Siempre y cuando sea sin afectar sustancialmente el status quo. En otras palabras, un suicidio altruista de ecosistemas de la periferia y comunidades excluidas e invisibilizadas.

Se desahucian los cuerpos de los adultos mayores afirmando pocas posibilidades de sobrevivir a la enfermedad en un sistema de salud privatizado criminalmente, se desahucian los estudiantes que no tienen medios para asumir ciertas condiciones materiales y virtuales en su proceso pedagógico, se desahucian los trabajadores informales criminalizando la pobreza, se desahucian los saberes que no se encuentran en condiciones óptimas de difusión para la pantalla totalizante del mercado. La lógica de las economías del desahucio se fundamenta en la instrumentalización de ecosistemas y cuerpos en favor de la renta y el capital. Privilegia una visión absolutista de la propiedad y el mercado sobre la vida de otros seres o ecosistemas. Esta psicosis del consumo y la acumulación fue bien categorizada por los nativosamericanos, y posteriormente por Jack Forbes como psicosis wétiko y resulta un elemento sustancial de la crisis civilizatoria antes descrita.

En la educación pública la pandemia se manifiesta profundizando las desigualdades y haciendo más visible la brecha tecnológica. Docentes y estudiantes enfrentan enormes desafíos para construir conocimiento a pesar del distanciamiento físico, las limitaciones tecnológicas, culturales y económicas. A pesar de las dificultades particulares y las economías políticas de exclusión y desahucio, en los territorios campesinos, raizales, e indígenas emerge una praxis del buen vivir, una reflexión cotidiana, constante, urgente desde los excluidos e invisibilizados, una ecología política que impide el desahucio y protege la vida.

El derecho constitucional colombiano viene incorporando jurisprudencialmente estas perspectivas propias de la ecología política al referir en sus sentencias ecosistemas y comunidades raizales e indígenas como sujetos de derechos bioculturales. Esa recepción del buen vivir en el derecho debe constituirse como un criterio ético-político de acción que impida los agravios de la economía del desahucio y concrete más allá del fetichismo legal, un ethos emergente para el cuidado colectivo de los ecosistemas, las relaciones sociales, y nuestros cuerpos.

 

[1] Como vergonzosamente quiere hacer ver un exrector de una de las universidades “más importantes” de Bucaramanga para endozarnos la explotación del páramo de Santurban publicitado por vanguardia liberal aquí https://www.vanguardia.com/opinion/columnistas/alberto-montoya/para-donde-vamos-vamos-bien-JN2384803?fbclid=IwAR2VKeR0mUsQETDYovVb26YSFAyizkNkivlYDOR0L-JAbgMDksJy1LXjATw

[2] Forbes, Jack. citado por Tlalli Yaotl en Rethinking the Apocalypse: An Indigenous Anti-Futurist Manifesto. Ver en http://www.indigenousaction.org/wp-content/uploads/rethinking-the-apocalypse-read.pdf